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Graneria Sala
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Graneria Sala

Un rincón auténtico en Gracia

Gracia es –dentro de una dualidad un poco contradictoria que pone cara a cara tradición y modernidad- un barrio con gran afición por la nostalgia. Entre tiendas de moda alternativa y bares de copas, se esconden reliquias que parecen formar parte de un pasado ya olvidado y que, aún así, sobreviven al paso del tiempo y a la velocidad de una sociedad que parece querer dejar de lado la autenticidad y la naturaleza simple de las cosas en favor de la impersonalidad, las prisas y los productos prefabricados.

Uno de los símbolos de la Gracia más auténtica es la Graneria Sala, uno de los puntos de referencia de Travessera de Gracia, la calle con más tradición comercial del barrio. Andando desde Gran de Gracia, a mano izquierda, se encuentra un establecimiento de esos que ya casi no quedan. A pesar de que no hay ningún cartel que informe de su nombre –y aún menos de su actividad-, no creo que haya alguien en el barrio que no sepa que la Graneria Sala es uno de los establecimientos más emblemáticos de la zona que lleva desde 1885 vendiendo frutos secos, legumbres y cereales a granel. Los abuelos de la actual propietaria, Maria Antonia Sala, abrieron este granero en la antigua Vila de Gracia y hoy, más de 120 años más tarde, mantiene el espíritu firme y el talante de los comercios de toda la vida que amenazan con desaparecer a marchas forzadas.

Desde la acera de mar veo que, a las 10 de la mañana, las grandes puertas de madera verde ya están abiertas de par en par. Aunque he pasado por delante más de cien veces, esta vez, no sé por qué motivo, me fijo con más detenimiento. Parece que la tienda está fuera de su hábitat, pero al mismo tiempo me da la impresión de que está más que adaptada al medio que la rodea.

Entro con la intención de curiosear y descubro un pequeño espacio donde el verde de la madera y el blanco de las paredes contrastan con el marrón de los productos que reposan dentro de sacos y cajas a lado y lado del mostrador, todos bien identificados con su correspondiente precio. Mazorcas de maíz adornan las paredes prácticamente desnudas de este establecimiento sencillo y acogedor. Mientras cotilleo entre nueces, orejones, almendras, muesli, cebollas, patatas, lentejas, cuscús y otros granos que no distingo, me parece oír cómo una clienta se dirige al dependiente por su nombre –creo recordar que es Miquel. Me viene a la memoria mi bisabuela quejándose de cómo habían cambiado las cosas des de que ella era joven. “Antes –decía- cuando vivía en Horta, todo el mundo se conocía, la gente se saludaba por la calle y clientes y dependientes tenías una relación más amistosa que comercial”. Vaya, como pasa en los pueblos.

Sin embargo hoy, en plena urbe, veo como clientes entran a saludar a Miquel y se van tan contentos (o eso parece) a trabajar, rutina que seguro siguen cada día de la semana. Me sorprende que un establecimiento de estas características cuente con la clientela suficiente para sobrevivir, pero a estas horas de la mañana ya hay tres personas –todas son señoras que pasan los sesenta- sin contarme a mi. Ignoro cómo será el resto del día, pero si el negocio se mantiene en pie no será cosa de ningún milagro. Llega mi turno y pido pipas y anacardos (recientemente he descubierto que quedan muy bien en la vinagreta).

Ya fuera, con mis cucuruchos de papel en el bolso, observo que la gente (la mayoría jóvenes) que, como yo, hasta hoy sólo pasa de largo, dedica una mirada de reojo a este pequeño y acogedor establecimiento que desprende aroma al paso del tiempo.

12-01-2011



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